
Hace dos semanas me quejaba en estas mismas páginas de la situación actual de la industria del libro en la que un título publicado hace tan sólo cuatro o cinco años, aunque su autor sea una primera figura mundial, resulta inencontrable. Aludía a la mentalidad de tendero de comestibles de los empleados de librerías que te miran con desdén cuando les pides un libro que no sea una estricta novedad, para expresarlo en la jerga al uso entre los vendedores de libros. Ya casi no existen librerías de fondo, esas que albergan siempre en sus estanterías los títulos de referencia de las principales materias, sin que importe si han sido publicados hace un año o diez lustros. Y, en cierto modo y hasta cierto punto, es lógico que así sea, especialmente en un país tan poco letrado como el nuestro. Una librería de fondo necesita una gran capacidad de almacenamiento para guardar en sus estanterías un número de libros suficiente para merecer el nombre de “fondo de librería”. Eso, en las grandes ciudades, que es obviamente donde tienen que estar, es caro, demasiado caro.
Existía en el madrileño barrio de Argüelles una librería especializada en Filosofía, la
Librería León, donde se podían encontrar casi todos los títulos de esa temática editados en español. Recuerdo como a principios de los 90, de la noche a la mañana, la librería León desapareció y en su lugar se instaló un establecimiento de comida rápida mucho más frecuentado por los estudiantes del barrio que la fenecida librería. Lo tomé como un signo de los tiempos. Hoy, el propietario o arrendatario de un local céntrico no está dispuesto a perder ganancias por dedicarlo a una actividad poco lucrativa. Y la venta de libros lo es porque la lectura es una actividad cada vez más minoritaria. Van siendo ya muchos los libreros, incluso los más vocacionales y menos obsesionados con la rentabilidad, que se ven abocados al cierre de sus establecimientos porque no son ni mínimamente rentables.

Hace unos días estuve en Londres e hice la obligada visita a
Charing Cross, la mítica calle de las librerías londinenses. Entré en la impresionante
Blackwell’s dispuesto a curiosear y de paso llevarme algunos títulos que no encuentro por estos pagos. En una esquina de la tienda unos operarios trabajaban en lo que supuse que era la instalación de una nueva sección y no le di más importancia al asunto. Pocos días después, ya de regreso, me entero por la prensa de que lo que estaban instalando en Blackwell’s era un impresionante artilugio llamado
Espresso book machine que puede imprimir y encuadernar, bajo demanda, en muy pocos minutos y a un precio similar al de un libro tradicional, un ejemplar de entre unos 500.000 títulos disponibles—de momento; anuncian que a final de verano serán más de un millón—. Gracias a este cajero automático de los libros, como se lo ha llamado, deberían haberse acabado los problemas de los lectores para encontrar libros agotados y descatalogados, y lo del engorroso almacenamiento también pasarán a segundo plano. El millón de títulos que tendrá la
Espresso book machine de
Blackwell’s en sus entrañas informáticas ocuparían 37 kilómetros de estanterías tradicionales, el equivalente a unas 50 librerías de buen tamaño. Sin duda, el invento marcará un hito.
Para las librerías se habrá acabado un grave problema y las más pequeñas podrían competir con las grandes. Al menos, en el mundo de habla inglesa. Aquí, como siempre, vamos a la zaga. No se puede olvidar que la sucursal de Amazon en España acabó cerrando. El problema de los particulares, sin embargo, no se habrá modificado con la
Espresso book machine. Seguiremos teniendo la misma dificultad para almacenar volúmenes en nuestras saturadas librerías. Salvo que nos pasemos al
ebook, ya saben el libro virtual que en apenas 300 gramos mete centenares y supongo que pronto millares de libros. Claro que, de momento, tendremos que seguir leyendo en inglés. Es lo que da la tierra.
Publicado en
La Opinión el 7/05/09.